B i e n v e n i d o / W e l c o m e

Archivo para abril, 2005

La Moda y el Vino

"Después de todo, ¿qué es la moda? Desde el punto de vista artístico una forma de fealdad tan intolerable que nos vemos obligados a cambiarla cada seis meses."

– Oscar Wilde

"Un vino en el momento oportuno vale más que todas las riquezas de la tierra".

Gustav Mahler

"Al que al mundo vino y no toma vino, ¿a qué vino?"

– Yo!

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“Digitos” el suave roce de tu piel.

"Dígitos"

                        El suave roce de tu piel
 

Seis y diez minutos. El sol agoniza lenta y lacónicamente postrado en el perdido horizonte. Una mujer morena, de formas suaves y armónicas facciones, permanece de pie usando zapatos de tacón de cinco centímetros y cargando un bolso con 5 libros y dos cuadernos. Soporta estoicamente los apretujones, los atropellos con maletines y maletas y aguanta el espeso calor de 83 a 94 personas injustamente embutidas en el bus del nuevo transporte urbano que circula veloz por la Avenida Caracas. Con su mano derecha, allí, va aferrada a la varilla para no ser arrojada hacia atrás en las furiosas embestidas y las frenadas inesperadas. Ella transpira un ligero perfume que impregna aquella varilla y que fue acariciada también por cerca de 600 manos más durante todo ése día; manos que la apretaban con odio, rabia, tristeza, desesperanza, frustraciones, miedo.

Lleva cuarenta minutos de pie, cansada de apretar el bolso contra su pecho, va mirando a todos lados, vigilando a sus ocasionales vecinos, por si entre ellos hay alguno con manos demasiado rápidas y sutiles que puedan introducirse en sus bolsillos sin ser advertidas. Aún quedan ¡cuarenta minutos más por soportar! Mira a los pasajeros incómodamente sentados: sus rostros son como una galería del purgatorio. Difícilmente encuentra unos rasgos con una expresión amable: quizás están pensando en algún triste amor o en el "mucho" dinero que se han ganado. Observa a través de la ventana más cercana, y logra reconocer el edificio Colpatria, que brilla en la lejanía con su colorida iluminación y el inmerecido titulo de rascacielos pero siendo una insignia. Sumergida en el reflejo de un empañado vidrio distingue sus análisis faciales con el fondo oscuro del exterior, el suave roce de una mano que juguetea con sus dedos ha pasado inadvertido. El cosquilleo de una caricia inesperada logra ponerla al tanto del juego, pero tal vez es sólo una impresión paranoica, solo fricciones accidentales. Pero no, imposible, demasiadas casualidades etéreas repitiéndose para ella en ese día; ya lo sabe y se lanza a la supuesta aventura que la libere de su monótono vivir.

 

Los siguientes minutos pasan muy deprisa, olvidando el dolor de sus pies, piernas, articulaciones, su pesada maleta y el espeso calor de  hombres y mujeres con caras inexpresivas o arrugadas por el tortuoso viaje y la larga jornada de esclavitud mal remunerada, pero bien explotada. Vuelve a revisar los rostros. Ahora, ya no hay ninguno diferente, el único rostro ajeno… ¿acaso recordó algún feo momento? Y mira sólo por un segundo al dueño de aquella traviesa mano. Es joven, tiene veintiuno o por mucho veintitrés. Él le devuelve la mirada. Ella, ruborizada, acepta el reto retirando y nublando su mirada para no volver a posarla nunca más en aquella atractiva imagen. Entonces, su mano roza contra sus inquietos dedos, acercándose lentamente, sigiloso entre la cargada población del pasillo del bus oruga, como un animal  y su instinto salvaje frente a su presa. Apretando los dedos, ella tiembla pero una caricia susurrada se desliza, tratando torpemente de abrir aquellas obstinadas y difíciles falanges. Sin embargo, cediendo obstinada un poco, separa sus dedos de modo que él introduce levemente uno de los suyos, el del corazón. Persigue ansioso el efímero pero gratificante placer de ganar y penetra un poco más; quiere entrar, el contacto es cada vez más profundo y el coqueto juego continúa, filtrándose delicadamente en su piel por cada centímetro de sus dedos. Él cierra lentamente sus ojos; sus impulsos nerviosos fortuitos hacen vibrar cada nervio motor de sus músculos que se contraen excitados, satisfechos; ella lame sus labios complacida, el juego la ha relajado, la llevó a otro lugar más cálido, le brindó un fugitivo momento de gozo que llenó de perversión e inocencia un vacío en su pecho.

Han pasado treinta minutos. Encaramadas y difusas en la montaña se asoman casas de bloque pelado y calles grises que le son familiares. Ella debe dejarlo. Aprovecha un descuido infortunado para él y retira bruscamente su mano, sin un adiós, ni siquiera una mirada con una débil señal de agradecimiento.

Él la mira caminar hacia la puerta, ella lo ignora sin querer por el pudor que limita y no cede a la tentación de volver a verle el rostro a su enamorado fugaz. Él retira su mirada y la plasma en la lejanía, donde ya no está su anónima amante. La lucha del amor ha terminado, sin dolor, sin tristeza. Solamente quedan dos seres refugiados en un momento de amor soñado en el tiempo. Un amor que murió antes de que naciera

 

Abajo, ya entre estaciones, ella trata de ubicarle en la vitrina que aparenta ser las ventanas, pero ya es tarde, no logra verlo. El ya va rumbo a su casa, aún más remota en la distancia, agradeciéndole el momento con pedazos de notas que se enredaron en su mente; tal y como pasa con palabras jamás expresadas que tuvieron ganas de morir en el aire fuera de sus bocas. Pero los últimos rezagos de placer se van y la realidad agita su mente,  recordándole que tiene una esposa de diecisiete años y un niño de dos, aguardando su llegada.

 

  

 

                                                                                              Nést.                                                                           (Prophèt Perdu)